miércoles, 1 de enero de 2014

BUSCARTE EN EL VIENTO

Supone un gran goce poder espectar esta pieza singular hecha por un boliviano (al menos eso indica su pasaporte), Carlos S. Sandoval, de quien no sabemos nada, excepto que radica en Sao Paulo. Mientras ambos esperábamos nuestro transporte, me permitió ver su “peliculita”, como él la llama cuando la muestra en una computadora portátil.


Voluntad de intervención

Este trabajo, que no circulará hasta el mes de septiembre, será otra de las piezas que refresque la retina, pues nos ofrece la voluntad de intervenir en el espacio público, de intervenir sobre la imagen y, por supuesto, intervenir sobre lo real. Sandoval es quien guía, con su mirada, a veces con su voz, otras con sampler y loops, por un universo sensorial específico. Entre el amor y la historia de Bolivia es que Buscarte en el viento puede mirarse y disfrutarse.

El amor, o más bien el desamor,  se manifiesta de manera latente y constante, desde breves textos que intervienen la pantalla emanados del chat entre nuestro protagonista y su ex pareja. Los mismos textos intervendrán sobre las imágenes de posesión de Presidentes de Bolivia, partidos de fútbol, carnavales, accidentes y otros registros que nos permiten tener noción y memoria de lo que denominamos realidad.

La historia del país se verá representada en el collage que va ejecutando el director, otorgándole sentido, mediante el montaje (intelectual), la intervención iconográfica e insertos de imágenes de su familia o de él recorriendo por las ciudades de La Paz, Potosí, Trinidad y  Copacabana. Filma cual turista con la mirada encantada y descuidada que ofrece la observación del recién llegado. En este sentido, Buscarte en el viento es, a primera vista, una epístola de desamor y un intento de comprensión de un país. Así la pieza dialoga desde el desamor con la historia, logrando por los recursos que emplea, conjuntamente con su intimismo y compromiso, una propuesta fresca y emocionante.

Inevitable la vinculación política

El desparpajo de esta obra puede nublar la atención al testimonio, que, en clave de epístola a su ex novia, cuyo nombre desconocemos, inquieta por el modo de registrar lugares vacíos como su habitación, la cama destendida, la cocina, los sillones, el baño, etc. Los mismos los vincula con las imágenes de febrero de 2003, cuando estudiantes de secundaria asediaron Palacio de Gobierno “cuando supe que te perdí me entregue a la rabia” interviene sobre la imagen, permitiendo con ello toda posible interpretación y a partir de las imágenes de octubre 2003 mencionará e intervendrá la pantalla con “silencio de muerte. Te sigo esperando”, solicitando justicia tanto de los asesinos como del desamor.

  “El largo laberinto mi amor” da título a la secuencia más próxima a un diario documental, donde Sandoval recibe en su casa a un joven que le realizará un tatuaje. En ella nos permite acompañarle y atestiguar, sin pausa a través de un solo plano, cómo se tatúa una estrella negra. Al respecto, aclara: es por mi militancia pero en realidad fue una promesa. Con esta actitud deliberada, Sandoval nos reafirma su vocación visceral sobre el cine y el aparato documental. Tras esta declaración de amor, nos ofrece insertos de torturas, mataderos y morgues en total silencio. 

El realizador no graba de una forma mental o planificada, sino que se deja guiar por la intuición y la sensualidad, dejándose enamorar o subyugar por los paisajes, los rostros, los espacios y sonidos que le rodean. En este gesto radica lo hipnótico de su recorrido vivencial por el desamor, como también su recorrido ciudadano por la historia de Bolivia.

Pero este gesto de grabación o transmisión emocional encuentra complicidad con nuestras miradas cuando Sandoval opta por compartirnos sus silencios, contemplando la ciudad o imágenes desenfocadas de cuerpos amándose, siempre dialogando con el espacio alguna vez habitado, ahora vacío desde la nostalgia que el director busca expurgar con esta película. La construcción de la soledad que Sandoval experimenta y busca retratar permite escuchar por momentos su mismo llanto. O cuando intenta, mediante encadenados de imágenes, comprender la historia política Boliviana, parece sentir la misma frustración, tanto en su experiencia de desamor como en su incomprensión de su país. Precisamente ahí, en ese grado cero de conocimiento, donde la intuición es lo único certero, es que Sandoval nos ofrece una experiencia próxima a la inocencia, a la primera mirada. 

Tras el rostro del desamor y la memoria

No es posible el desamor sin la memoria y este joven realizador comprende que el cine es un lugar de enunciación, de producción de recuerdos, evocaciones y transgresiones. Por ello opta por construir, desde su mirada, su intimidad, su desamor, una forma de interrogación personal y de esa forma interrogar a su generación y a la sociedad. Ya sea desde la soledad producto del desamor hasta la saturación de imágenes y sonidos de la historia de su país, Sandoval quiere saber cuál es el lugar de las cosas, dónde están las imágenes o, incluso, cómo no renunciar a comprender. Sandoval toma imágenes de youtube: retransmisiones de televisión, noticieros, fragmentos de películas, en un fulgurante y lúcido ejercicio de reciclaje, para dar forma a otro relato y buscar imágenes que representen lo que busca decir. A estas imágenes en su mayoría las intervendrá, modificando no solo el sentido, sino demostrando que las imágenes no suponen ninguna verdad; que quizás el recuerdo, la memoria y los sueños pueden ser el fundamento de la realidad. No sabemos a quién reprocha cuando escribe sobre la pantalla “me quitaste mis sueños”: si a su país o a su ex novia.

Además, Sandoval, por los escasos comentarios vertidos luego de ver esta pieza, refiere a que él grabó todas estas cosas para no olvidar, recordándome ese prurito existencial que moviliza a los hombres a registrar todo, grabar y archivar imágenes, sonidos y palabras.

Otra incursión sobre la mirada 

Sandoval ofrece con estos 50 minutos de viaje visceral, memoria y profunda reflexión icnográfica y política la posibilidad de alertar sobre un cine en formación en nuestro medio. Él mismo piensa la mirada sobre objetos singulares, muchas veces sobre la misma mirada de quien desea mirar permitiendo enfrentarnos a creadores que cuestionan el estatuto de la mirada como mecanismo de creación.

La secuencia final es subyugante: mientras que en pantalla leemos “en el recuento de los daños el perdedor siempre fui yo”, las imágenes que le sirven de soporte son la de la selección boliviana de fútbol recibiendo goles junto a imágenes de candidatos electorales celebrando alguna victoria. Y sobre los créditos finales, que Sandoval dice no están listos, ya que tiene la duda de reconocer el origen de las imágenes, vemos a Sandoval por única vez con un ramo de rosas. Un documental de desamor, reflexión iconográfica, política  y de despedida.

    Sandoval, quien usa una retórica extraña para la pacata cinematografía local, se esfuerza en aclararme que él hace cine antihegemonico, cine-sangre y que lo único que le interesaría es que su película se vea en api videos o circuitos parecidos, universidades, cineclubes. Además, dice que estará en la piratería, pero con carátulas diferentes, transformando las imágenes, desde una presentación porno hasta costumbrista. Solo tendrá en común el nombre.